|
De
nuestra Redacción:
“LOS
SILENCIOS ELOCUENTES DE LA PINTURA ABSTRACTA DE
IVÁN CUEVAS GÓMEZ DAN MUCHO DE QUÉ HABLAR”
Artista
plástico consumado que irrumpe el silencio a los 82 años de edad 
Por
Loida Ramos Galindo
Reza
el refrán popular que si la “palabra
es plata…, el silencio es oro”.
Y es que saber guardar silencio respetuoso y oportuno significa un
acto de prudencia y de mesura que sólo el paso de los años es capaz
de revelar. Por ello, aún cuando el silencio es atributo de todos,
ciertamente es privilegio de pocos, entre los cuales aventuradamente
y sin ser mera casualidad, con frecuencia se distingue un amplio
grupo de personas de la tercera edad. Tal es el caso del pintor
mexicano Iván Cuevas Gómez, quien a sus 82 años, irrumpe el
silencio y su temática iconográfica de pintura habitual, para
trasladar a esferas sublimes del conocimiento, el sigilo de las
afonías con una elocuencia personal que sólo es factible percibir
desde lo más hondo del corazón.
En
la Exposición de pintura abstracta “Los silencios elocuentes”
impulsada por EXPAND’ART
en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey
Campus Ciudad de México el semestre pasado; Iván Cuevas Gómez
utiliza lucidamente el recurso de los matices y las tonalidades para
descubrir la belleza de los silencios en medio de la estridencia
discordante en la que vivimos las sociedades del mundo contemporáneo,
recordándonos a través de la armonía cromática de los aceites y
las tinturas plásticas, que el silencio es paz, es sosiego, es
tranquilidad infinita, es un signo de comunicación íntima que llega
al éxtasis y que nos habilita para reflexionar en profundidad.
Con
la sencillez del maestro y la calidez de poeta que durante toda su
vida lo ha caracterizado, Iván Cuevas Gómez confirma a través del
lenguaje de las imágenes lo que la historia ha demostrado, que la
impremeditación y ligereza de no saber profesar la práctica del
silencio perjudica más al hombre que la falta de conocimientos. De
hecho, está comprobado que la fama y la gloria como argumentos de
“éxito” en nuestro tiempo, son de características ruidosas y
alborotadoras ajenas a la sabiduría que ama a quienes saben acoger
al silencio como un inestimable don.
Viene
a mi mente una
fecha memorable para la historia de la música, cuando un 29 de
agosto de 1952, en una sala de Woodstock, Nueva York, el pianista
David Tudor se disponía a interpretar la última creación de su
amigo el compositor estadounidense John Cage, en la que las pausas
tácitas y mudas de la obra se ostentaban como el elemento principal
de la composición.
Tudor
se sentó al piano y ubicó la partitura junto a un reloj para marcar
cada movimiento. El primer movimiento lo indicó bajando la tapa del
piano sobre el teclado. Pasaron treinta segundos donde sólo se oyó
el sonido del viento y los árboles. El segundo movimiento se inició
levantando y bajando la tapa del piano por segunda ocasión durante
el que se percibieron gotas de lluvia en el tejado. En el tercer
movimiento, Tudor pasó las páginas del libreto y el murmullo del
público resultó la nota más audible.
No
importando la incomodidad de la gente, el pianista levantó y bajo la
tapa del piano por cuarta ocasión; acto seguido, Tudor se puso de
pié e inclinando su espalda en una gentil caravana, recibió un
indignado bufido como saludo.
Así
tuvo lugar la premier de 4’33’’, una de las piezas más
controvertidas de la historia de la música de la que por cierto se
cumplieron ya 59 años desde su aparición. La gente murmuraba en voz
baja, y algunos, incluso los amigos del compositor John Cage, se
retiraron indignados de la sala de concierto demostrando que la
intolerancia al silencio ha sido por naturaleza para la mayoría de
las personas, un signo de intolerancia y de incomprensión.
Una
década después, en el año de 1967 para ser precisos, aparece en
las estaciones de radio de Norteamérica una canción que alcanzó
difusión mundial luego de su inclusión en la banda sonora de la
película El Graduado: “Los
sonidos del silencio”, llegando
a transformarse en un verdadero clásico.
Su
letra, escrita por Paul Frederic Simon en febrero de 1964, alcanzó
un alto vuelo poético que alude al silencio instalado entre los
habitantes de las grandes ciudades que conversan sin hablar, y
escuchan sin oír, transitando puertas falsas, amontonados en
subterráneos pero paradójicamente distanciados unos de otros
emocionalmente; silencio que en tanto la cinta cinematográfica
avanza, toma el lugar protagónico de un tercer actor que
concede espacio para la reflexión y dar paso al amor, a la esperanza
y el perdón entre dos seres atormentados por la pasión:
“Benjamín” y la señora “Robinson”; el primero
interpretando a la inexperiencia del universitario recién graduado,
y el segundo, a la frivolidad y el egoísmo de una mujer madura y
experimentada.
Decía
Balzac que es una verdad que “el
silencio se oye”
y para oírlo hay que aprender a convivir con las afonías. ¿Qué
sería de un buena pieza oratoria sin un adecuado manejo de los
silencios? Solo un alud de palabras que puede desembocar en un
bullicio estrepitoso y sin sentido.
En
esta ocasión, EXPAND’ART rinde
homenaje a la creatividad y talento plástico de un extraordinario
artista, al maestro mexicano Iván Cuevas Gómez
quien, sin mayor afán que el de embellecer la universalidad de la
vida, nos comparte generosamente “Los silencios elocuentes”
capturados desde lo más recóndito de su corazón, en una muestra
que quizá, por razones de su edad avanzada y su frágil salud, será
el escaparte de su última producción pictográfica.
Muchas
gracias Maestro Iván Cuevas.
¡Felicidades
y enhorabuena!
¡Conoce
la obra del Maestro Iván Cuevas Gómez haciendo click en la
siguiente liga:
(Maestro Iván Cuevas Gómez)
|